pintura


Aplastado en cenizas
1976

Pese a la intensa labor que desarrolló como creador de espacios, Manrique no abandonó nunca su actividad plástica y siempre reclamó para sí su condición de pintor por encima de cualquier otra consideración. Por la intimidad de su proceso, ésta era la faceta creativa donde se encontraba más cómodo.

Sin abandonar el lenguaje matérico y abstracto que le caracterizó, la evolución de su pintura desde finales de los sesenta hasta inicios de los noventa deja entrever nuevas preocupaciones relativas a la disposición de la materia con respecto a la superficie del cuadro y a la significación del color que recuperará la intensidad y los matices propios de sus creaciones de los años cincuenta.

Tras incorporar en la década de los setenta referencias figurativas y alegóricas que abandona pronto, sus cuadros se abrieron a diversas posibilidades expresivas que se acentuaron con la incorporación de nuevos materiales como telas, cartones o arpilleras.

Aunque iniciada a finales de los cincuenta, su producción de esculturas adquiere mayor presencia en su actividad desde finales de la década siguiente. Ideadas en su mayoría para integrarlas en sus intervenciones espaciales y, por tanto, sujetas a las necesidades estéticas del conjunto, a diferencia de su pintura, éstas se abren a diversos lenguajes -posdadá, poscubista, pop, cinético-. Objetos encontrados, hierro, madera, árboles, hormigón armado, sirvieron de materiales a su imaginacion.

Pero las diversas facetas creativas cultivadas por Manrique no deben dificultarnos nuestra visión del artista, pues lo que subyace en el conjunto de su obra es una manifiesta voluntad de integración de todo su potencial creativo, propósito que hizo explícito en sus diseños espaciales. Un esfuerzo de armonización que no sólo hace referencia a su pasión por el reino de la belleza, sino también por la vida, pues fue el suyo sobre todo un arte al servicio de ésta.

Aunque ya hemos hecho algunas referencias a su pensamiento, es necesario recordar que las propuestas artísticas de Manrique se originan en su particular ma- nera de entender el arte, la naturaleza, el mundo en definitiva, aspectos éstos que en él nunca estuvieron disociados sino que, por el contrario, tejen la urdimbre vital del artista y del hombre. Por la conciencia de la brevedad de la existencia, por entender ésta como un milagro, Manrique reivindicaba como valor supremo el amor a la vida. Su contemplación era para él el mayor espectáculo imaginable, y cualquiera de sus manifestaciones, flores, peces, insectos, pájaros o astros, una invitación constante al asombro ante su perfección. Fue la naturaleza la referencia fundamental de su arte y de su existencia, y en ella intentó encontrar las respuestas:

"El hombre poco a poco ha tenido que ir integrándose en los resquicios de la Naturaleza para encontrar la verdad de la vida. Lo único que intento lograr es asociarme con la Naturaleza, para que ella me ayude a mí y yo ayudarla a ella".

Una peculiar relación -en la que el juego era el ve- hículo de comunicación, de diálogo- que le trasladaba a un estadio de reconciliación personal y de percep- ción, de goce estético, superior De ahí la dimensión ilustrada y misional de su pensamiento, el carácter utili- tario de su arte: educar para la felicidad -educación ética y estética-, en la que el compromiso con la de- fensa del medio ambiente como sustrato que permite la vida era un principio irrenunciable.



Costa Salada
1980






Explosion
1984

 

 

 

Sobre Cal- 1990

 

Muy Lejos 1991