El interés por el urbanismo y la arquitectura comienza a manifestarse en César Manrique a principios de los años cincuenta, fruto de sus colaboraciones con las instituciones públicas de la isla en el diseño de algunos espacios urbanos y con arquitectos en la realización de murales.
Pero fue al regresar a Lanzarote, a finales de los sesenta, cuando encontró el marco adecuado para abrir su práctica artística a nuevas iniciativas. De tal modo, que sería en sus obras de intervención en el espacio donde pudo concretar su nuevo ideario estético, a cuyo desarrollo dedicó buena parte de su actividad creativa.
Su obra espacial se caracteriza por su integrción con el medio, regeneración de espacios degradados o acondicionamiento de espacios naturales.