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Sobre una extensión de 200 kilómetros cuadrados se posó una nube de cenizas y restos volcánicos, conformando el "malpaís" de las Montañas de Fuego, hoy convertido en parte del Parque Nacional de Timanfaya. Más de un centenar de nuevos cráteres afloraron a la super icie en Timanfaya de 1730 a 1736. De ahí ese aspecto lunar y fantástico del parque, acrecentado por los tonos ocres y grises de los lapilli volcánicos y por el sobrecogedor silencio que arropa la atmósfera. Aunque la actividad volcánica se ha detenido en Lanzarote, los investigadores continúan estudiando los microseismos que se registran en las capas superiores de la etirteza terrestre, de interés científico, pero sin el menor peligro para los habitantes de la isla. Más al contrario, las anomalías térmicas son causa de regocijo en el visitante, que presencia cómo un poco de agua introducida en un boquete en el suelo se transforma en un géiser de hirviente vapor, en décimas de segundo, merced a una cámara magmática residual situada a tres kilómetros de profundidad, que alcanza de 100 a 200 grados centígrados en superficie. En
la zona de Timanfaya, declarada Parque Nacional en 1974, conviven las
gestiones de ICONA y del Cabildo de Lanzarote, máximo órgano de Gobierno
insular, que organiza las visitas en guagua por el área de las Montañas
del Fuego, en la Ruta de los Volcanes. La agreste naturaleza impresiona
al viajero de forma notable, igual que las explicaciones grabadas que
escuchará a lo largo del trayecto y que narran con extraordinario realismo
la experiencia vivida por el párroco de Yaiza durante uno de estos procesos
eruptivos, que arrasó gran parte de las localidades del sur isleño.
Tras el recorrido entre los cráteres es inexcusable la visita al restaurante
mirador "El Diablo", en el que en el que se cocina sabrosas especialidades
canarias con el calor que nace de las entrañas de la tierra, y a la
tienda de artesanía, ambos ubicados en el promontorio denominado Islote
de Hilario. El conjunto arquitectónico es otra de las obras espaciales
de César Manrique, quien, igual que hizo con el Mirador del Río, supo
convertir el edificio en un elemento más del paisaje, al cubrirlo de
roca volcánica y de cristal. |
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